Cosas que solo de muerto se saben

Al principio me sentía un poco escéptica pero sabía que sería 
una buena experiencia.

Me despedí de este mundo cuando ella dijo:
                                      "Que tengan una dulce muerte".

Sonaba demasiado fuerte. Fue entonces cuando me estuve consciente de lo 
que estaba viviendo. 
                                                    [¿O debería decir muriendo?]

Me guiaron con la indicación de tomar los hombros de quien estaba frente a mí. 
                                   Otro muerto en el camino, otro muerto como yo.

Seguía sus pasos como la muerta que estaba atrás me seguía a mí. Siempre a ciegas 
y sin lenguaje. Simplemente caminábamos descalzos mientras los sonidos de un 
típico ritual azteca iban en aumento. Olor a incienso. Olor a copal. 
Típico del zócalo y la catedral del D.F. Somos mejicanos, pensé. Tiene lógica.

Nos separaron e hicieron que me sentara. Seguía disfrutando de aquel ritual pues 
siempre he pensado que sus ritmos y percusiones se asemejan mucho a los de la 
danza que tanto amo. 

                                                            La danza tahitiana. 
                                    Al mismo tiempo, me imaginaba estando allá.

Como si el ritual fuese para mí. Y no es egocentrismo, sino que siempre que 
alguien muere, 
                                                        todo es para el muerto.
                                          Sin importar que ya no lo disfrutará.

Me recostaron y me dieron un oso de felpa que, con el tiempo, pensé que era 
Emilia. 
         Con sus ojos de botón y los dedos de sus manos cosidos entre sí. 
Su ropa, su chaleco, sus orejas.

La abracé con el amor de siempre. Me sentí tan feliz de tenerla en mis brazos. 
                                                                Primer desliz.

Se escuchaban risas de niños, recordé mi infancia mientras
                              ella 
                                         decía a mi oído cosas que no entendí. 
Lo que sí me fue fácil reconocer fue aquella canción...
                "zapatito blanco, zapatito azul, dime ¿cuántos años tienes tú?"
No supe responderle para que siguiera con la cuenta, así que se fue. 

El chocolate abuelita que comíamos por las tardes. 
                      Tan difícil era romper la tableta y 
aunque mi madre me tenía prohibido comer dulces, 
                                          a ti  Mamá Yolis, nunca te importó.

Llegaron caricias amadas pero tampoco supe de quién eran. 
                                                       ¿Serían de mi madre? 
Sus manos frías y lisas eran casi iguales, pero no recuerdo haber 
tenido caricias así cuando estaba viva. Sólo en momentos críticos. 
También sus palmaditas en la cabeza...
                                                   Shh, shh, shh, shh, shh...
                                  Reconozco la luz de mis siestas vespertinas.

Sin darme cuenta, el sonido de las risas pasó a ser un réquiem. Me quitaron 
de mi cómoda posición de niña abrazando a su osito y me acomodaron para que 
recordara que estaba muerta. 

Ramo de flores, siempre me han gustado. 
                En mi boca, algo que temí que fuera cebolla. 
                                                         Lo mordí temerosa 
                                              pero no extraje ningún sabor.
                                 ¡Pero claro!
                                                            ¡ESTOY MUERTA!
                               ¿Cómo iba a tener sabor para mí?

Las flores, ya marchitas, aún tenían aroma y las tomé con cariño al mismo 
tiempo que me cubrían con una tela negra, muy fresca y ligera. 
No tenía miedo y tampoco me sentía mal, 
                     hasta que escuché 
                                                   el llanto de una mujer.
Pensé que era una de mis compañeras que no deseaba estar muerta. Pensé en 
tranquilizarla pero sabía que no me comprendería pues ya no teníamos 
idioma y tampoco supe cómo acercarme a ella. 
De pronto me di cuenta de que no era una muerta, sino una viva. 
                      Ahora el llanto de un hombre vivo se unió a su voz. 
                                                            Me estremecí.

NO LLORES MI AMOR, TE AMO. TE AMO MUCHO Y NO ME GUSTA ESCUCHARTE LLORAR.
                        [pues ya no podía ver nada, todo era obscuridad]
TAMBIÉN TE VOY A EXTRAÑAR PERO TE AMO MUCHO Y SIEMPRE VOY A ESTAR 
A TU LADO.

Todo eso pasó por mi cabeza sin emitir sollozos hasta que noté que 
mis ojos se inundaban, escurrían lágrimas. Las más raras que he llorado. 
Quise tocarlo pero sabía que no debía. Acaricié suavemente la manta negra 
y volví a tomar mis flores. 
                               La tierra ya caía sobre mi rostro cubierto. 
                                                          Ya estaba abajo.
                       [Hueco en mi memoria]
Luz roja, gritos y risas.         Tambores resonando en todo su esplendor.
                     No es miedo, sino respeto.
Sé que voy a estar bien.
                       [Hueco en mi memoria]

El réquiem cambió. Me quitaron la tela negra. Sentía la tierra mojada, 
gotas de rocío entre mis dedos.

          [Las mejores cosas de la vida no son cosas]

Me acordé de tí al recibir aquella caja de regalo que tanto anhelé. 
Me atreví a abrirla y estaba aparentemente vacía. Sin darme cuenta, 
su contenido susurró a cada uno de mis oídos...

           Las mejores cosas de la vida no son cosas

                                                Y lo entendí de inmediato.
Cerré la caja y la abracé simbólicamente. Después de abrazar la caja, 
                             ella
                                   se volvió a acercar y de golpe 
me dijo "¡NUNCA MÁS!" arrebatando la caja de mis manos.
La luz volvía a parecerse a la de las siestas vespertinas, 
solo que más fresca. Percibo con felicidad ese famoso 
derrame de iluminación. 

Soy bella, 
      soy hermosa, 

                        soy infnita ∞ 

el límite corporal ya no me entorpece. Soy muy feliz siendo luz. 
Luz de media tarde.

La poesía resuena, supe lo que era porque era idéntica a la que él me enseñó.
                                            [Recuerdos de cosas  
                                                              que no conocía]
No era SU voz, sino la de otro poeta. Un amigo de aquella fiesta, 
                                             perdón [verbena intrairrealista]

"¿Por qué a mí?" gritaba él. Yo no me preocupo por eso, sé muy bien que no es 
algo en mi contra sino que, tarde o temprano,                      sucedería.
Sólo estuve de acuerdo en que debí haber viajado mas y como me gusta.                
                                                                         SOLA.
La luz cambia. Ella me levanta y hace que me acaricie. Luz de noche, 
                                                                  luz de luna. 
En ella sólo percibo mi sombra.Brisa nocturna, lluvia ligera, 
roza deliciosamente mi cuerpo. Seguía sintiendo la ropa que traía puesta 
aquella mañana. Me fascinaba arreglarme, maquillarme, aún sin tener novio 
o alguien a quien impresionar. Bastaba con impactar al mundo con mi belleza, 
mi mejor obra de arte. Después de todo, nunca sabes cuándo vas a morir. 
Lo que eran mis brazos se deslizan en el aire  
                                            y danzan. Suave y cadenciosamente.

Ella toma mis manos y me invita a bailar. Me da vueltas como tanto me gusta. 
Bailamos muy poco para mi gusto. Me enseña cómo respirar hasta que vuelve 
a tocar mis manos para hacerme líder de una línea imaginaria. 
Con los demás seres. [Ya no son muertos aunque lo estén.] 
Otro ser detrás de mí pero nadie delante. Él me soltaba temeroso. 
Quería tomarle la mano para demostrarle confianza pero sabía que no resultaría. 
Él debía darse cuenta por sí solo. 
Todos en círculo alrededor de la fogata. Regresó el idioma. Ella nos dice que 
hemos vivido la experiencia. Que ahora debemos regresar a vivir. Que quitemos 
los lentes que nos impedían ver. Poco a poco y sin abrir los ojos aún. 
Al despojarme de ellos sentía como                                   regresaba.
Lentamente.               La muerte terminó. La he vivido. He vivido la muerte.
Y estoy lista para seguir.
Me doy cuenta de que nuevos ojos surgieron de esa fuente de vida que soy 
yo misma. Cada centímetro de mi piel es tierra, 
                           [Tierra Fértil]
Mi sangre y células son el agua que corre y cada sentimiento es un ser vivo 
que habita allí. Mi bebé. Mi Harry disfrutaba de esa tierra fértil. 
Del sol y la frescura del pasto. Me abrazaba y se recostaba en mi. 
Fuera cual fuera la estación del año. 
Así como las hojas y muchas otras cosas que mueren en invierno, otras nacen 
en primavera. Lo noté al quitarme los lentes inundados del deshielo del 
invierno a la primavera. 

                       [HE VUELTO DE LA MUERTE]

Muy feliz, con mucho amor, energía y vida. Sigo confundida pero EN PAZ.                 
                                                                 [REGRESÉ.]
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