GFYS

Todo comenzó una tarde cualquiera, saliendo de mi clase de danza aérea. Recibí un mensaje privado de mi cuenta de facebook de la última persona que hubiera imaginado: un tal “Alan Abundis”. La persona que responde a ese nombre no es nada más y nada menos que el hermano de una persona que me jodió mucho. Afortunadamente, ese “jodió” es pasado. Un tipo llamado Alfredo Abundis.

Esta no es otra estúpida historia de amor, aunque así lo parezca. Alfredo y yo nos conocimos en el 2006 por una casualidad de la vida. Fuimos amigos por un tiempo hasta que, un año después, fuimos novios. Como era de esperarse, yo a mis 16 años y él a sus 18, aún éramos bastante inmaduros y como resultado obtuvimos una relación tormentosa. Después de haber terminado con dicho episodio, cuando parecía que la idiotez había terminado y mientras yo trataba de iniciar una nueva relación con alguien, el infierno comenzó para ambos.

En ese entonces, yo no tenía claro qué sentía por Alfredo ya que quería comenzar un nuevo capítulo en mi vida pero no quería lastimarlo. Hasta ese momento yo seguía creyendo algo que le fastidiaba mucho: “el poder que tienen otras personas sobre tí para lastimarte”. A Alfredo le fastidiaba mucho esta idea ya que, según él, “nadie es capaz de lastimarte, sólo tú eres capaz de permitir que los demás te lastimen”. Creo que también me jode la idea de pensar que, de esa manera, tenía razón.

Pasaron 3 años sin vernos hasta que nos cruzamos por otra casualidad de la vida. Tuvimos un “reencuentro” o eso queríamos creer. Antes que nada, lo primero que él notó en mí sobre los 3 años que habían pasado fue mi anorexia (al día de hoy, mantengo firme que Alfredo me jodió la vida mil veces más que la enfermedad). Para ese momento, yo estaba tan enferma que no podía aceptar que me estuviese haciendo daño a mi misma. El dolor, la depresión, la ansiedad, entre muchas otras cosas juntas, hacen que te vuelvas adicto a algo para llenar ese hueco, ese espacio que te falta y, en mi caso, yo me volví adicta a bajar de peso.

Dentro nuestro reencuentro, había 2 hemisferios: el feliz y el desesperado. En el primero, era como habernos enamorado por primera vez, éramos felices de estar juntos, de compartir cosas, de ser un poco más libres que antes. En el segundo, era como estar con mi peor enemigo o la persona que más me odiaba en el mundo. A pesar de que yo estaba fuera de mis casillas, él se empeñaba en hacerme sentir mucho peor de lo que yo misma pensaba que era. Se volvía loco porque no comía, literalmente loco. Se molestaba tanto de mis esfuerzos por bajar de peso.

Poco a poco, la relación del reencuentro se destruyó de la misma manera catastrófica que la anterior. Y de esa misma manera, esta vez traté un poco más de recuperarlo. Rogué, lloré, dediqué canciones, entre otras cosas sin respuesta. Un día como hoy, me citó en una cafetería cercana para platicar.

Al igual que una adolescente estúpida, llegué con la esperanza renovada, soñando con que podríamos tener un “felices por siempre”, creyendo que el amor lo podía todo sin importar lo que hubiera pasado. Sin embargo, él llegó con una patada para mí en los testículos (si yo tuviera).

En realidad, fue más largo que lo que dura este párrafo, pero evidentemente puedo recordar lo que más me dolió y marcó. Recuerdo que dijo que no quería volver a saber nada de mí, que saliera de su vida, que no me había más que burlado de él y que él se había dado cuenta después de todo el tiempo que pasó, que yo no significaba absolutamente nada para él.

A partir de ese momento, no volví a saber nada de él. Hasta justamente 2 años después. Hace un mes aproximadamente. Recibí mensajes de la cuenta que, según yo, bloqueé (aunque en realidad creo que fue de la nueva que creó y misma de la que me envió solicitud) así como de la cuenta de Alan Abundis, haciéndose pasar por él mediante un juego estúpido que yo, hasta cierto punto, quise que creyera que caí en él.

Mi único motivo era que tuviera el valor de decirme qué carajos quería, por qué me había escrito otra vez después de tanta mierda que me hizo. Pareciera que exagero y me tiro al drama resaltando todo el daño que me hizo, sin embargo, a pesar de que así parezca, no fue más que el detonador de todo lo que vino a consecuencia de mi enfermedad.

Pero, ¿qué culpa tiene él? Muy sencillo. Mi argumento es que, si tanto me amaba como decía en ese entonces y en verdad le lastimaba verme haciéndome daño, creo que hasta la persona más ignorante pudo haber buscado la manera de ayudarme en lugar de tirarme más a la basura y lastimarme más de lo que yo lo hacía. ¿Por qué? Porque afortunadamente tuve otras personas que lo hicieron. ¿A qué voy con todo esto? A que si tanto era el amor que me tenía, después de este tiempo me di cuenta de que no era verdad. Nunca me amó ni me quiso un poco.

Esa fue mi conclusión. Se empeñó tanto en mostrarme su desprecio por la enfermedad que padecí que terminé por entenderlo y aceptarlo; y de esa manera, desecharlo.

2 años han pasado después de ese día que me rompió el alma y me hizo pensar que jamás volvería a amar a nadie, que si lo intentaba, podría encontrarme con alguien tan mierda como él que simplemente me lastimaría más. Me cerré, me encerré en mi mundo. Hasta que, no sé cómo, ni cuándo, llegó ese alguien especial con quien pude abrir nuevamente mi corazón.

Una vez sanadas las heridas, he vuelto a amar, a entregar todo sin pedir nada a cambio pero recibiendo todo a la vez. Alguien con quien compartir cómo soy y por qué soy así. Alguien que, aunque ya en etapa terminal y de recuperación, me aceptó con lo mucho o poco que quedó de la anorexia. Alguien que me hizo ver aún más, aunque no por comparar, que cuando se ama, se debe apoyar en las buenas y en las malas a esa persona. Que no importa cuán grave sea la situación, siempre se debe estar ahí para que sea más fácil superarlo.

Después de 2 años, Alfredo viene a decirme, textualmente, en un mensaje que no sé cómo me llegó y después de varios intentos por establecer una conversación: “Hola. El derecho a decir algo y ser escuchado, ese lo tenemos todos, no puedes decirme que no, además aun me debes una botella de tequila haha media por lo menos”.

Mi respuesta a esto es que él más que nadie, no merece en absoluto ser escuchado, no merece que yo lo escuche. Y puede sonar egoísta de mi parte, puede ser que exista alguien que piense que no debo guardar rencores a nadie ni debo odiar o tener malos pensamientos y sentimientos hacia a alguien que alguna vez me hizo daño. En mi defensa puedo decir que, después de haberme lastimado tanto a mi misma, no tengo ninguna necesidad de soportar algo que yo no quiero. No tengo necesidad de sentir siquiera algo por alguien de esa calaña. No tengo ninguna necesidad de saber siquiera de un estúpido mentiroso egoísta.

Por último, he escrito esto por la falta que me hacía de expresar por este medio. Como compensación a la falta de tiempo, a lo poco que he olvidado este espacio. Como un simple pretexto de darme un tiempo para mí y para una de las múltiples cosas que me gusta hacer: escribir.

Así que Alfredo, si llegaras a leer esto por alguna casualidad de la vida, ve y ¡chinga tu madre!. Yo no te debo ni una jodida gota de alcohol ni de nada. Todo lo que te deba, incluyendo disculpas o lo que sea, te las debes a ti mismo. Y si te ofende o molesta leer lo que pienso de ti, recuerda otra vez cuando yo estaba perdidamente enferma, en busca de amor, afecto, o algo que me llenara y compáralo con aquellas jodidas noches que pasaste en Monterrey después de nuestra primer separación. Recuerda cómo te sentiste y cómo necesitabas de alguien al igual que yo durante mi enfermedad…

Hasta nunca.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s