El incansable

Eres ese incansable que siempre busca la manera de encontrarme. Así ha sido siempre. Mientras uno busca de manera desesperada llamar mi atención, el otro, tú, entras en mi mente lentamente; discreto y sin que nadie lo note.
Esta noche lo hiciste de nuevo.
Estabas trabajando en una construcción muy importante mientras yo caminaba por ahí y a lo lejos te veía.
Salían chispas de soldadura tras cada paso que daba, como si fueran efectos especiales. A su vez, danzaban las grúas manipuladas por hombres poco agraciados como para ser parte de un ballet. Pero la gracia y agilidad que tenían para subir y bajar materiales de manera tan coordinada era digna de admiración. Con ese pretexto, aproveché para decirte algo:
-Me vas a matar con una de estas cosas-, grité mientras señalaba la grúa sobre mi cabeza.
Intentaste responder a gritos, pero el ruido era tan fuerte que fue casi imposible escucharte. Casualmente, lo único que alcancé a percibir fue que dijiste “mi amor”. En el momento en que te diste cuenta, cubriste tu boca con tus manos como avergonzado. A mí me causó gracia y te pedí que repitieras la manera en que me habías llamado: “mi amor”, escuché nuevamente, ahora con esa sonrisa tuya de complicidad.
A señas me indicabas que esperara mientras bajabas a saludarme. Aquí llegó el momento incómodo, ya que mientras te esperaba, tu familia salía de aquel lugar. Me saludaron con sinceridad y se retiraron para no “interrumpirnos”.
Llegaste por mi, me saludaste y abrazaste como si no nos hubiésemos visto en más de 10 años.
Te acompañé a un lugar más tranquilo y platicábamos sobre por qué, o mejor dicho “por quién”, no debías llamarme “Mi amor”.
Al preguntarte por “tu razón”, tu mirada se entristeció y dijiste: -¿Te acuerdas de Paulina?-
Asentí con la cabeza. Diste una ligera pausa para evitar que tu voz se quebrara por el llanto inevitable: -Tuvo un accidente, se cayó de las escaleras y murió-
Yo no sabía que responder. No imaginaba el dolor por el que estabas pasando, a pesar de que nunca me cayó bien la tal Paulina por ser mi sucesora.
Te abracé fuerte, lo más que pude; mientras tú retomabas toda esa energía y ese amor incansable que teníamos.
Nos dirigimos a un lugar un poco más tranquilo mientras en mi mente no dejaba de luchar con la idea de “¿qué hago si me besas?”.
No quisiera ser infiel, pero tampoco estaba segura de poder resistir tanto.
Afortunada y desgraciadamente, llegaron varias personas a buscarte de manera urgente. Tenías que regresar a la construcción aunque no tardarías mucho.
Me abrazaste, me diste un beso muy tierno y sólo dijiste: -¡Espérame! No te vayas. No tardaré…- a lo que, una vez más e incapaz de responder de manera coherente por lo estupefacta que me tenía la situación, asentí con la cabeza.
Por una parte, me sentía aliviada del compromiso de tus intentos utópicos de besarme, por otra, me seguía preguntando qué estaba sucediendo.
Me senté en una mesita de cafetería, muy similar a las de mi universidad, por cierto; y busqué entre mis cosas un cigarrillo.
Saqué la cajetilla, cogí uno, lo encendí y seguía pensando y recordando que no te gustaba que fumara aunque para ese momento no parecía que fuera importante.
Seguí fumando. Me perdí en el humo de mis pensamientos hasta que nos volvimos uno mismo y… Desperté.

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