Prefacio

Sobre cómo empezó todo.

Desde niña, recuerdo que mi aspecto físico me preocupaba. Siempre me sentí gorda. Y bueno, a la edad de 10 años, viviendo con mi abuela que, como todos sabemos, ellas siempre nos alimentan hasta por los codos, me sentía mucho peor. Recuerdo incluso que muchas veces, mientras ella estaba distraída o hacía otras cosas, yo aprovechaba para deshacerme de la comida que me daba.

La guardaba en servilletas para ir a tirarla al WC, simulaba que torpemente se me caía el plato para no terminar de comer, entre muchas otras cosas. A veces se daba cuenta de que lo hacía a propósito y otras no. El punto es que desde entonces me sentía mal conmigo misma y trataba de hacer cosas para bajar de peso sin saber lo que realmente significaba estar enferma y obsesionada con dicho tema.

Terminando mi educación primaria, a los 12 años mis padres decidieron llevarme a vivir de vuelta con ellos. Inicialmente yo no vivía con ellos porque no tenían tiempo de cuidarme, atenderme, llevarme a la escuela y todas esas cosas que se hacen con los niños pequeños. Pensaron que para la secundaria, ya podía valerme por mí misma en muchas situaciones y sería más fácil la convivencia.

A los 13, comenzaron a llevarme a un gimnasio que se inauguró cerca del departamento donde vivíamos. Comenzamos con clases de “spinning” ya que antes solíamos salir a pasear en bicicleta los domingos y después dejamos de hacerlo. Más que una actividad familiar, ellos lo veían por el hecho de hacer ejercicio, mantenerse saludables y no engordar demasiado.

Pasó un mes y la hermana del dueño del gimnasio me invitó a tomar clases de “hawaiano” ya que ella abriría un grupo nuevo con chicas de diferentes edades. Desde siempre, las artes, la música y la danza han sido mi pasión y aproveché el momento para desarrollarlos.

Salía de la secundaria a la 1:40 pm, sin embargo, mi padre siempre ha sido impuntual e irresponsable y me recogía entre 2:30 y 3:00 pm. Evidentemente al llegar a casa, no había nada para comer pues mi madre trabaja de tiempo completo y él se las ingeniaba para no darse el tiempo suficiente de hacer esas labores. Por esto es que me llevaba a algún lugar a comer pero por cuestiones de tiempo y digestión, me hacía comer ensaladas. Nunca me molestó comer verduras y esas cosas como a los demás niños, así que todos salíamos ganando.

A grandes rasgos, si consideramos los factores de: ejercicio diario + dieta extremadamente saludable + cambios hormonales típicos de la adolescencia, obtenemos como resultado una pérdida de peso notable a simple vista; generalmente, sucede un aumento de peso en niñas de esa edad pero en mi caso fue al revés ya que fue el inicio de los regímenes alimenticios que han perdurado hasta 10 años después.

Como siempre, desde mi punto de vista, estos fueron algunos de los factores que propagaron una disciplina que poco a poco se convirtió en obsesión, desorden y todo lo demás. Como siempre dicen: “evita el exceso”.

El comienzo de mis excesos…

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